miércoles, 20 de septiembre de 2017
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Biografía de Bonifacia

 

El día 27 de marzo de 2010 el papa Benedicto XVI ha autorizado la promulgación del Decreto que reconoce como milagrosa la curación de Kasongo Bavon, ocurrida en la R.D. del Congo en junio 2003 y atribuida a la intercesión de Bonifacia Rodríguez de Castro, fundadora de las Siervas de san José. Este Decreto abre las puertas a su canonización, que se vislumbra cercana.

 

 

 

Bonifacia Rodríguez de Castro, cordonera

fundadora de las Siervas de san José

 

Bonifacia Rodríguez es una trabajadora manual que nace en Salamanca (España) el 6 de junio de 1837. La experiencia de Dios crece y madura en ella al ritmo del trabajo, que ocupa el entero arco de su vida. El Dios que descubre Bonifacia tiene el rostro de Jesús, trabajador en Nazaret, al que sigue fielmente por el camino de la vida ordinaria en oración y trabajo y por el camino de la cruz en humillación y abandono.

 

Recibe la fe de sus padres en un taller de sastre, el de Juan Rodríguez, su padre. Con sólo 13 años aprende el oficio de cordonera, con el que comienza a ganarse el sustento a los 15, por muerte de su padre. Su taller de cordonera atrae a un grupo de chicas que se reúnen en él al calor del testimonio de vida y amistad de Bonifacia. Fruto de los ratos agradables que allí pasaban los domingos y festivos, es la Asociación Josefina, creada en torno a ella.

 

El trasfondo evangélico de aquel taller no le pasa desapercibido a Francisco Butinyà, sj, recién llegado a Salamanca, y el Espíritu le sugiere prolongarlo en una congregación religiosa de mujeres trabajadoras que acogieran en sus Talleres de Nazaret a otras trabajadoras para librarlas del riesgo de perder su dignidad al trabajar fuera de casa. E invita a Bonifacia a fundar con él las Siervas de san José en Salamanca, la vida de comunidad comienza en enero de 1874.

 

El proyecto rompía la imagen de la vida religiosa femenina tradicional: aquel grupo de mujeres que no llevaban hábito y se reunían para vivir de su trabajo, acogiendo a otras mujeres que no lo tenían, despierta los recelos del nuevo director, que no capta la entraña evangélica de aquel modo de vida, tan cercano al mundo del trabajo e inserto en él. Y vienen los intentos de rectificación en ausencia del padre Butinyà.

 

Bonifacia se opone y comienza para ella una dura persecución que la acompaña más allá de su muerte. Nazaret la lleva a la cruz: es la hora de las humillaciones, rechazo, descrédito y exclusión. No se rinde. E inicia en Zamora, con todos los requisitos canónicos, un segundo Taller de Nazaret como lo había diseñado Francisco Butinyà en las Constituciones. Mientras, en Salamanca comienzan a introducir cambios en el objetivo apostólico primigenio.

 

Bonifacia pone en marcha en Zamora un taller solidario al servicio de la mujer trabajadora decimonónica, tantas veces desprovista de ambientes dignos de trabajo. La comunidad la secunda y la gente de la ciudad y provincia las apoya colaborando económicamente en la obra. Al llegar como obispo en 1892 D. Luis Felipe Ortiz, con proyectos de carácter social, encuentra uno ya establecido en la casa nº 11 de la calle de la Reina, comprada por su antecesor D. Tomás Belestá para las Siervas de san José, y apoya decididamente aquel centro de prevención de la mujer.

 

Pero, pasado el tiempo, la casa madre no reconoce aquella comunidad fundada legítimamente, por lo que la aprobación pontificia de la Congregación en julio de 1901 no alcanza a la casa de Zamora. Bonifacia lo ha dado todo por aquel proyecto de vida nacido de la contemplación de la Familia de Nazaret. Tiene 64 años. Solamente le quedan la fe y confianza en Dios y el cariño y veneración de su comunidad. Le bastan: ellos harán renacer el taller que sus ojos ven morir. Y espera.

 

Bonifacia es toda de Dios, en Salamanca no la quieren recibir cuando va a hablar personalmente con las hermanas, pero su gran corazón las disculpa y las perdona, las sigue queriendo igual, y pide a las de Zamora que después de su muerte se incorporen al resto de la Congregación: su fe le deja entrever el futuro de su taller, puesto por ella en las manos de Dios. No tiene duda, y se la ve tranquila, serena, confiada, bondadosa, animando a la comunidad en el lecho de muerte. Y las deja deprisa, muy deprisa, fueron solamente ocho días. Al expirar la envuelve la alegría y una sonrisa de esperanza sella sus labios, pues “Dios le prodigaba por otra parte otros consuelos más sólidos a su sierva”. Era el 8 de agosto de 1905, en Zamora.

 

La comunidad de Zamora cumple el deseo de Bonifacia y se incorpora a la casa madre el 23 de enero de 1907. Todavía tardará en reverdecer el taller. Será el Vaticano II el que diga a las Siervas de san José, a partir del primer capítulo general de renovación de 1969, que pongan los ojos en el taller de Butinyà y Bonifacia: era la herencia recibida y a ella debían ser fieles. Y hoy la Congregación camina por los senderos trazados por los fundadores y el taller está siendo recreado en todas las partes donde hay comunidades.

 

En la historia de salvación de las Siervas de san José, la fe y el amor a la mujer trabajadora pobre de Bonifacia Rodríguez, su fundadora, son cimiento y roca, y la raíz viva de su vida santa, el mejor patrimonio.

 

Victoria López, ssj

 

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