Desde el Colegio La Reina de Zamora             ¡GRACIAS!

Recuerdo aquel primer sábado, cuando crucé la puerta del colegio para cuidar a las internas, mientras una película de sesión de tarde llenaba de historias la pantalla y de ilusión mi corazón.

No sabía entonces que también comenzaba mi propia historia, un camino tejido de encuentros, de nombres, de rostros, de abrazos, de pequeñas semillas que el tiempo haría florecer.

Pasaron los días, los años, y en cada encuentro, en cada mirada, en aquellas madres que estaban en la Reina, sentí la inmensa alegría de pertenecer a algo grande, algo que se respiraba en la cotidianidad, algo que tenía nombre de hogar, nombre de Nazaret.

Los hogares me hablaron de Bonifacia, y descubrí que su trabajo seguía vivo, que sus manos continuaban construyendo, que su sueño seguía creciendo en cada rincón de este lugar.

Gracias, Boni, por guiar mis pasos, por dar sentido a mi vida, por tus milagros silenciosos, por los regalos continuos que llegan cuando más se necesitan.

Gracias a las Siervas de San José, amigas, por abrirme las puertas, por confiar en mí, por compartir sueños y proyectos, por quererme tanto y hacerme sentir siempre en casa.

Gracias a las que sostienen hoy el colegio, a las que sirven en otros lugares, y a las que ya contemplan a Bonifacia desde el cielo.

Sé que seguís aquí, acogiéndonos, cuidándonos, protegiéndonos, acompañando cada paso de esta obra que continúa.

Gracias al equipo directivo, a Arse, Susana, a Estefanía, a Chelo a Tere, por vuestra presencia constante, por vuestro apoyo incondicional, por caminar siempre a mi lado.

Gracias, Tere, por recoger el relevo con valentía, por sostenerme cuando el duelo pesaba, por acompañarme en los días difíciles y recordarme que nunca caminaba sola.

Gracias a todos los profesores y personal, por vuestra fuerza y vuestra alegría, por vuestro empeño diario, por seguir creyendo en el sueño de nuestra Santa, por querer tanto a los niños y niñas, por entregar lo mejor de vosotros mismos, por poner vuestros talentos al servicio de los demás.

Seguid disfrutando. Seguid trabajando mucho, muchísimo. Porque la obra continúa, y cada gesto pequeño, cada palabra amable, cada esfuerzo silencioso, se multiplica hasta transformar el mundo.

Gracias también a las compañeras jubiladas. Cuántos cafés compartidos, cuántas conversaciones interminables, cuántos claustros en la Plaza Mayor.

He cantado en vuestras jubilaciones, en vuestras fiestas y celebraciones, y he visto cómo vuestra labor quedó sembrada para siempre en las raíces profundas de este colegio.

Hemos seguido vuestros pasos, y el amor que dejasteis permanece. Porque al final, lo bueno permanece siempre.

Qué privilegio ha sido vivir juntos la beatificación, la canonización, el centenario.

Momentos únicos que guardo como un tesoro, porque forman parte de una historia que nos supera y nos une.

Y entre todos los milagros recibidos, uno cambió mi vida para siempre: Marisol.

El milagro de conocer a mi hija, de tener la oportunidad de ser madre, de descubrir un amor nuevo e infinito.

Desde el primer segundo supe que la cuidaría con toda mi alma.

Y sin duda, ha sido lo mejor de mi vida.

Queridos y queridas: Hay algo supremo que nos une y que nos unirá para siempre. Los niños y las niñas. La entrega a ellos, con ellos y por ellos. Ante ellos desaparecen las diferencias, el espíritu nos reúne, nos hace mejores, nos recuerda quiénes somos.

La vida corre deprisa. Demasiado deprisa. Pero hay una verdad que permanece: el amor es la única cosa que crece cuando se reparte. Y vosotros lo sabéis bien. Por eso os echo de menos infinito.

Ahora hay más silencio, más calma, más tranquilidad.

Y desde esta nueva etapa puedo deciros que estoy contenta, que estoy feliz, y que mi corazón está lleno de gratitud.

Gracias. Gracias por todo lo vivido. Gracias por todo lo compartido. Gracias por todo lo aprendido. Y no olvidéis nunca que siempre estaré. Que siempre podréis contar conmigo. Porque cuando el amor ha sido verdadero, las despedidas no existen. Solo quedan los lazos invisibles que el tiempo jamás podrá romper.

Gracias. ❤️ Yolanda Concejo

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